Vivimos en una época donde la inflación cientificista y el tecnocratismo amenazan con producir un analfabetismo masivo: la incultura de los especialistas. En lo que respecta al pensamiento, y al contrario de lo que nuestros tiempos y cerebros prefieren, el modo más certero de llegar al fondo de las cuestiones, es dando rodeos.
El oficio de cuidar está intrínsecamente ligado a la tradición de Europa. Todos los textos de las instituciones parlamentarias europeas, los ordenamientos jurídicos de carácter profesional y asistencial, los sistemas monetarios y económicos son relevantes y decisivos para saber qué podemos hacer en el momento presente, pero son completamente inútiles para comprender lo que hacemos.
Es muy extraño que el hombre haga algo bien, si no lo entiende. Cuanto más humana es una acción, más imposible resulta hacerla bien sin comprender lo que se hace. No basta con hacer algo; hay que ‘saber’ lo que se hace, para hacerlo en realidad.
Hablar y cuidar son verbos que tienen en su seno el verbo pensar. No se puede cuidar siendo descuidado y solo se puede cuidar cuidadosamente. Para cuidar, es necesario tener la intención (de hacerlo). Pensar y cuidar etimológicamente provienen del verbo cogitare, están enhebrados con la libertad, con una dirección deliberada que surge del sujeto y expresa una intención.
Una cosa que se hace con cuidado, se hace con algo más que solvencia técnica; quien cuida de algo también pone cuidado en lo que hace y se lleva cuidado con lo que hace. El cuidado implica un cierto componente de demora o de lentitud. No es la lentitud del torpe ni del que llega tarde, sino la lentitud del que llega a tiempo. La lentitud que permite ahorrar tiempo conduce y aspira a la perfección: “vísteme despacio, que tengo prisa”.
El cuidado es la demora que acorta el camino, porque es la clase de lentitud que hay que poner en lo urgente. El cuidado se realiza según el ritmo que requiera la tarea en presente desde dentro, y nunca por los requerimientos de urgencia o economía de fuera.
El que cuida, piensa en lo que hace, no desde la ejecución técnica correcta, sino desde pensar sin dejar de quitar la intención. Por esto, cuidar solo debería ser el oficio de los que no saben no perder el tiempo.
Cuando los oficios de cuidar se someten a los sistemas de gestión de los recursos humanos y materiales que cuantifican temporalmente las tareas y exigen horarios según patrones de rendimiento, se comete un grave error que existe solo por el desconocimiento profundo de cuál es realmente el oficio de cuidar.
Los hábitos son una forma de ganar tiempo mediante la perfección alcanzada en la ejecución, en un hábito estan sumados todos los intentos de aprendizaje. En la perfección para la que nos capacitan los hábitos, hay mucho tiempo condensado; son una rapidez a la que se llega muy lentamente. Los hábitos constituyen el carácter del sujeto, sus capacidades morales y rasgos psicológicos. El conjunto de hábitos objetivados fuera del sujeto, los rasgos morales y del carácter, juntamente con el conjunto de las habilidades cognitivas y técnicas, forman una tradición.
Actualmente entregamos el ejercicio de las profesiones del cuidado a personas de cuya formación del carácter y el conocimiento de nuestra tradición nos desentendemos por completo. El resultado es la crisis del sistema asistencial europeo, como agente social de los hábitos cualitativos del cuidado.
En los libros de viajes como la Odisea de Homero, nos muestra como dar a conocer y clasificar lo desconocido: nuevos territorios, lugares remotos, tribus y naciones ignoradas, costumbres y animales extraños. En ellos el monstruo es otra cosa diferente que el ser humano, el habitante del espacio salvaje no humanizado, el ser inhumano que sirve de frontera o contraste para nuestra autodefinición y conocimiento. En sus viajes Homero, se encuentra con los cíclopes, que son bestias gigantes de un solo ojo, que no acogen con piedad a los extranjeros ni a los visitantes.
Los cíclopes no se reúnen ni hablan entre sí para convenir leyes comunes sobre lo justo y conveniente; carecen de una medida común que les permita reconocerse entre ellos, comunicarse y tomarse por iguales. En su “gran soledad”, guardan una mente perversa y monstruosa. No desconocen las relaciones de familiaridad, tienen hijos y esposas patriarcales, pero desconocen las relaciones de hospitalidad, desconocen el cuidado y la acogida de los extraños. Los cíclopes no tratan a los extraños ni siquiera como enemigos, sino como comida.
La incapacidad para reconocer a los semejantes implica el desconocimiento de uno mismo, la escasez de uno mismo. La vecindad es la forma mínima de una medida común e implica un cierto reconocimiento de lo extraño. La barbarie consiste en la inexistencia de ese reconocimiento salvo con la hostilidad sometida a reglas de agresión, victoria y rescate, el vecino como enemigo, como amenaza y peligro.
La descomunalidad del héroe se expresa y revela la índole de lo humano, cuando el héroe acoge y realiza lo común, según la plenitud de su propia medida y magnitud. El monstruo es descomunal por la destrucción de lo común. La monstruosidad es, por sí misma, lo contrario de la hospitalidad.
La hospitalidad consiste en entrañar al extraño sin retenerlo ni destruirlo, alimentándolo, curando y asistiendo, sin convertirlo en alimento, sino en huésped. Introducir en la interioridad, al otro sin suprimirlo, cuidar de él, restaurar y fomentar su autonomía e independencia, acogiéndose como algo necesitado y expuesto a nuestro cuidado. Reconfortar al huésped, ayudarle a recuperar sus fuerzas y reponerse para disponer de sí con más entereza para alcanzar lo que busca.
Hostilidad y hospitalidad son los polos entre los que se mueven nuestras relaciones con los desconocidos. La hostilidad pretende disminuir la fuerza de lo diferente y suprimirlo; la hospitalidad refuerza la diferencia y la autonomía del otro para que siga su camino y consiga lo que persigue. Y es que en la casa de cada cual, queda expresada su naturaleza.
El culto, el cultivo y la cultura son tres formas elementales del cuidado, que provienen del verbo cogitare, del hecho en cómo el hombre habita el mundo, cómo se habita a sí mismo y se deja habitar por lo que le excede y supera mediante el cuidado. Las cosas de las que se cuida, cobran vida porque adquieren un fin propio mediante nuestro cuidado.
Los cíclopes son bestiales por descuidados; no cuidan la tierra, no cuidan de sí mismos y viven en la incultura. Ser más fuerte que los dioses significa controlar cuanto afecta a nuestros destinos, gobernar la propia vida y sus asuntos sin estar pendientes de su socorro ni bajo su temor. Los prudentes se reconocen los unos a los otros y se reconocen a sí mismos y son reconocidos por los dioses porque cuidan del mundo, se cultivan y cuidan entre sí y, según dice Homero, tienen una “mente temerosa de los dioses”.Suplicar es reconocer que nuestro poder no alcanza a dominarlo todo, que hay variables que están fuera de nuestro control.
La simple formación técnico-científica, cuando se afirma suficiente por sí sola, es una eficaz forma de inhabilitación para los oficios del cuidado porque implica un insuperable descuido. Los oficios de cuidado deben ser realizados por personas que quieran cuidar, cuidándose. Que sepan acoger al extraño, para acogerse a sí mismo.
La tecnología ha llegado a darse por esencial y se ha convertido en mentalidad entre los profesionales del cuidado. Ulises es un héroe que conocía los conocimientos de la tecnología punta de su época. La pretensión de suficiencia que anima al tecnólogo contemporáneo, es por sí sola inculta y ofensiva, descuidada con la tierra, inculta y descuidada con los hombres, pues oscurece y devalúa la dimensión significativa del cuidado; y es inculta respecto a lo que queda del todo fuera de nuestro poder común, pues lo desatiende sistemáticamente, como un cíclope.
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EL CUIDADO COMO PROFESIÓN 1(1).pdf (128,415 KB)
